Autorretato
Acaricio la imagen que me devuelve el espejo. La superficie lisa, fría y dura se convierte en un objeto plástico que se deja moldear y cede al empuje de mis dedos. Introduzco uno, luego otro, así hasta pasar por fin ambas manos. Revuelvo mis cabellos, finos, en declive, o tal vez debería decir los de ese otro que me mira sorprendido por esta bárbara invasión de su intimidad.
Repaso, reconociendo como nunca hasta ahora la cabeza, redondeada, grande, densa. Oscila hacia uno y otro lado, lentamente, como esquivandome y queriendo que esto termine. Las orejas, frías, al otro lado también hace frío, blancas con un lunar ocupando su espacio en esa geografía especular.
Los ojos, puedo tocarlos, me miran azules y llorosos, impregnados de mar y del cielo de las montañas. Dibujo los labios separados, finos, dejando entreabierta una boca a punto de decir algo y muchas veces contenida, acallada. Cuando esto sucede los ojos basculan hacia abajo buscando un lugar donde pisar firme.
Tentado a dar un paso más pruebo la consistencia de la frente. Sin oposición mi mano penetra. Comienzo a visitar escenas almacenadas, gente remota, todos requieren mi atención, un contacto con la mano exploradora. Recuerdo, veo y palpo, hay zonas suaves como un beso, otras ásperas y otras sangran con solo rozarlas.
Desde el otro lado miro hacia afuera e imploro con los ojos volver a la solitaria realidad intermitente del espejo. De éste lado, termino de peinarme, me despido de la imagen que mira desde la superficie dura, fría y lisa. Me dirijo hacia la puerta. Un nuevo día comienza.